martes, 23 de enero de 2018

CALLE MAYOR (MAIN STREET)

El libro fue un gran éxito de ventas cuando fue publicado en 1920, cuando su autor contaba 35 años y fue citado por el comité del Premio Nobel como una razón principal por la que recibió el Nobel en 1930.
Main Street (Calle Mayor) es la historia de Carol Kennicott (Milford de soltera), quien se gradúa en una pequeña universidad femenina y tiene aspiraciones, bastante vagas, de lograr algo o reformar algo. Después de un noviazgo razonable en el tiempo, aunque no nos esclarece demasiado sobre ella y su futuro marido, se casa con el médico Will Kennicott y se muda con él a Gopher Prairie, Minnesota, un pequeño pueblo del interior de EE.UU., en la zona de las grandes praderas (seguramente inspirado en Sauk Centre el pueblo de Lewis, pero que podría ser otro lugar cualquiera de los que tanto abundan en el país). Desde el primer momento, Carol se muestra insatisfecha con la ciudad y su vida allí, y la novela, a través de diversos episodios de su vida, traza la evolución simultánea de su matrimonio, su vida en Gopher Prairie, y el paso de su juventud.
La protagonista se nos presenta como una persona inmadura pero bienintencionada, convencida de que en la vida hay algo más que el bridge, votar a los republicanos o las relaciones humanas basadas en falsas apariencias y ansiosas de chismes.
Vemos en Carol a una persona ambivalente, por un lado aprecia el paisaje de las praderas, pero por otro, tiene un afán constante en querer cambiar algo, sin saber concretar muy bien el qué, se mueve por impulsos emocionales y se da cuenta de que no la asisten aliados en la ciudad, pues bien por razones de diferencias sociales o porque no acaban de entenderla, quienes podrían serlo acaban desconcertados con sus actitudes. Por contra, Will, su esposo, es un defensor de sus amigos, de su pueblo y de esa cultura típica de estas ciudades que basan buena parte de su vida en la religión, la propiedad privada y la defensa a ultranza de los valores tradicionales de la raza blanca.
Lewis, como les pasa a otros tantos autores de todos los tiempos, no puede quedarse al margen de las teoría sociales de su tiempo y sus escritos hablan de lo que la gente de la época quería leer (la vida en un pueblo pequeño, los deseos de independencia de la mujer, lo que piensa un hombre de negocios...), de modo que su reputación aumenta o disminuye en la medida en que es capaz de mantener sus teorías sociales, algo que solo el paso del tiempo es capaz de dilucidar. Algo de esto pasa con Lewis, pues cuando los asuntos de los que trata fueron perdiendo importancia, también lo hizo su reputación entre los lectores.
De cualquier modo, la principal virtud de la novela, calidad literaria aparte, es el retrato que nos ofrece de esas sociedades estadounidense, alejadas de las grandes ciudades, en las que todos están dispuestos a echarte una mano, pero a cambio de entrar de forma descarada en tu vida.



lunes, 22 de enero de 2018

LOS CRÍMENES DE OXFORD

La señora Eagleton (Anna Massey) aparece asesinada en el salón de su casa a las afueras de Oxford. Su cuerpo es descubierto por dos hombres que en ese momento se encuentran por primera vez cara a cara, aunque ya se conocían de una conferencia que dio el primero de ellos: Arthur Seldom (John Hurt), prestigioso profesor de Lógica, y Martin (Elijah Wood), un joven estudiante americano recién llegado a la universidad con la intención de que el famoso profesor dirija su tesis doctoral y que se aloja precisamente en casa de Mrs. Eagleton y cuya vida privada ha sufrido un importante cambio a raíz de su relación con Lorna (Leonor Watling), una hermosa joven a la que conoció cuando jugaba al squash.
La muerte de la anciana no es sino el primero de una serie de asesinatos con inquietantes puntos en común. Son crímenes casi imperceptibles, que podrían incluso pasar por muertes naturales si no fuera porque cada uno de ellos viene acompañado de un mensaje: una imagen, un signo diferente en cada ocasión que, muerte a muerte, va dando forma a una serie cuya lógica deberán descifrar los protagonistas.
Recorrer ese camino supondrá poner a prueba no solo las convicciones matemáticas sino la propia forma de entender el mundo de profesor y alumno.


Adaptación de la novela homónima del escritor y matemático argentino Guillermo Martínez, en la que el protagonista, en vez de un estudiante norteamericano, es un estudiante argentino el que se traslada a Oxford. Guillermo Martínez realizó una estancia postdoctoral en Oxford, lo que, sin duda, inspiró y facilitó la escritura de la novela.
La obra literaria fue publicada en 2007 y es una curiosa y original mezcla entre novela de intriga y matemáticas, aunque es cierto que quizá sea mejor su planteamiento que su desarrollo.


La adaptación cinematográfica de Alex de la Iglesia puede decirse que es la película menos representativa del director, rodada en inglés y con actores anglosajones en su mayoría, peca también de cierta fragilidad en su guión que es un rompecabezas en el que da la impresión de que las piezas no terminan de encajar bien.
Plagada de homenajes al mundo de las matemáticas (el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, la Paradoja del Mentiroso, el último Teorema de Fermat, que demostró en 1993 el profesor británico Andrew John Wiles...), sin embargo creo que el espectador no entenderá muchas de estas referencias si no está muy versado en la materia y el efecto que consigue es un pequeño caos en el que te acabas perdiendo e incluso aburriendo por la poca imaginación con que está planteado todo el asunto que carece de aliciente para el espectador.
Algunas actuaciones son penosas, con un Elijah Wood que parece que está perdido (no se si no entendía bien el inglés de Alex o es que tampoco se entera de lo que está haciendo) y Leonor Watling en un papel totalmente prescindible, pues no aporta nada a la trama y parece que está allí solo para enseñar las tetas (con perdón), con escenas realmente ridículas, desde la primera, en que se hecha literalmente encima de Martin para que se la lleve a la cama, hasta la absurda escena de los spaghetti.
Tiene algunos planos realmente brillantes, pero uno está tan perdido, o tan sorprendido de lo mal que discurre el film que, en ocasiones, pasan desapercibidos.
Lo mejor, el plano secuencia del minuto 20 de película, muy bien planificado, en el que aparecen todos los principales intérpretes y que acaba con la aparición en pantalla del primero de los cadáveres.




viernes, 19 de enero de 2018

LOS BUDDENBROOK

En la década de 1840, la ciudad hanseática de Lübeck, en el norte de Alemania, es un centro comercial dominante en la costa del Báltico, y los Buddenbrook se encuentran entre las primeras familias de la ciudad. El cónsul Jean Buddenbrook (Armin Mueller-Stahl) tiene dos hijos, Thomas (Mark Waschke) y Christian (August Diehl), y una hija, Antonia, a la que conocen por "Tony" (Jessica Schwarz). A pesar de que los ama profundamente, espera que sus hijos sacrifiquen la felicidad personal por el bien de la compañía si es necesario. La primera en enterarse es Tony, casada con el empresario de Hamburgo Bendix Grünlich (Justus von Dohnányi). Mientras tanto, sus hermanos aprendieron el oficio en Amsterdam y Londres, respectivamente. Aplastado por el desastre matrimonial de Tony y varias transacciones desafortunadas, Jean Buddenbrook le cede el negocio a su hijo mayor, Thomas. Thomas se casa con la heredera holandesa Gerda Arnoldsen (Léa Bosco), que es una violinista apasionada. Pero Thomas nunca olvida su primer amor, una humilde florista. Después de pasar un tiempo en Valparaíso, Christian también regresa a Lübeck. Thomas pronto descubre que su hermano está mucho más interesado en el teatro y la actriz Aline Puvogel (Nina Proll) que en la empresa familiar.


El guión se basa en la novela homónima de Thomas Mann, publicada en 1901, la única de sus obras que mencionó el comité del Premio Nobel cuando hizo publica la concesión del mismo al autor germano en 1929.


Muy buena ambientación y conseguida fotografía para un film que, a pesar del despliegue de medios y de su duración, de casi dos horas y media, no logra reflejar toda la fuerza del relato de Mann, para quedarse en una crónica familiar con la que el espectador apenas se conmueve, como si todo lo que nos cuenta, lo viéramos venir por anticipado.
La película se ve con cierto agrado, sobre todo por la brillantez de sus escenarios, pero se llega a hacer larga y, por momentos resulta un tanto anodina.




jueves, 18 de enero de 2018

FE DE ETARRAS

'Fe de etarras' comienza en Bayona en 1998. Cuando un pequeño comando, liderado por Artexte (Ramón Barea) se ve acorralado por la policía. Un miembro del mismo, Martín (Javier Cámara) huye. Años después, en 2010, este quiere redimirse montando un atentado en una pequeña ciudad de provincias y para ello contará con un comando formado por una pareja, encarnada por Alex (Gorka Otxoa) y Ainara (Miren Ibarguren) y "Pernando" (Julián López), un manchego entusiasmado con "la causa vasca".
Así nos encontramos a los cuatro terroristas conviviendo mientras esperan la llamada para comenzar la misión que, en una época en la que se estaba negociando el alto el fuego, volvería a poner en primera línea a la banda armada. Además, será la celebración del Mundial de fútbol en Sudáfrica 2010, lo que sirva de hilo conductor y temporal para la historia.
El veterano Martín está empeñado en demostrar que no es un cobarde; la pareja, mientras tanto, se da cuenta de que su compromiso depende de la continuidad de la banda terrorista y el manchego se cree que entrar en el comando le hará sentir como si fuera Chuck Norris. Sus miserias irán saliendo a la luz mientras en las calles el país entero está de celebración, para mayor frustración del grupo.


El tándem Borja Cobeaga-Diego San José (Ocho apellidos vascos), vuelve a la carga con un proyecto que ha estado unos cuantos años durmiendo el sueño de los justos, porque nadie se atrevía a financiar una película que se reía de los terroristas, hay mucho pudor alrededor del tema y no se quiere ofender a nadie. Hasta que Netflix llegó al rescate y adelantó la pasta para poner en marcha la película. Desde los primeros borradores, el proyecto ha evolucionado mucho (al principio, la premisa era que uno de los miembros del comando era elegido para presidir la comunidad de vecinos en la que estaba su piso franco) y empezaba a dar la sensación de que nunca se haría.
La polémica no ha dejado de lado a la película, pero mira por dónde, la principal crítica ha venido por el cartel que la anunciaba en el Festival de San Sebastián. La campaña publicitaria fue denunciada por una asociación de guardias civiles y admitida a trámite por la fiscalía. Aunque en mi opinión, cuando ves la película, te das cuenta de que no hay para tanto. Se puede acusar al film de muchas cosas (ya saben lo de los gustos), incluso de que no se acuerde de las víctimas, pero para nada de que las ofenda y, por supuesto, nada de apología del terrorismo cuando a lo que se dedica principalmente es a demostrar lo ridículos que resultan estos tipos a los que se presenta poco menos que como un grupo de papanatas.
Al final, ambos (Cobeaga y San José), están hechos a lidiar con estas cosas, acostumbrados a rodar en el País Vasco entre las miradas y el desaire de la gente que no está conforme con lo que hacen.


La película no es desternillante, sino más bien de esas que vas viendo con la media sonrisa durante todo su desarrollo, lo que no quita para que se escape alguna carcajada.
Se la acusa, entre otras cosas de echar mano de tópicos y de ese humor teñido de folclorismo, pero yo me pregunto si, una vez más, la realidad no viene a demostrar que supera cualquier ficción tras lo que hemos contemplado últimamente con el llamado conflicto catalán: Los policías a bordo del torpedero Piolín (sí, ya se que era un ferry), el ínclito president ejerciendo de cretino en Bruselas, la izquierda independentista haciéndole el caldo gordo a la derechona nacionalista... Si es que al final nos sale la vena carpetovetónica y somos más parecidos de lo que a algunos les gustaría.




miércoles, 17 de enero de 2018

JUMPER

David Rice (Hayden Christensen) ha crecido con el misterioso poder que casi todos sueñan poseer: teletransportarse a cualquier lugar del mundo, capaz de atravesar por agujeros de gusano del tejido espacio temporal a cualquier ciudad, edificio y lugar que su mente desee. Puede atravesar paredes y cajas fuertes de bancos, así como entrar en las cámaras más impenetrables. Hasta ahora ha utilizado sus poderes para escapar de su pasado, alimentar su inmensa fortuna y permanecer completamente independiente. Nunca ha conocido límites, fronteras ni consecuencias. Pero cuando David descubre a otro joven igual que él, un exaltado trotamundos rebelde llamado Griffin (Jamie Bell), la verdad de su existencia se revela. Ya no es un curioso fenómeno singular de la naturaleza, sino parte de una larga línea de anomalías genéticas conocidas como "saltadores", que además nunca están a salvo. Ahora David ha sido identificado por la organización secreta dedicada a matarle, al igual que a todos los saltadores. Será perseguido sin descanso por Roland (Samuel L. Jackson) en una caza que nos llevará literalmente de un confín al otro de la Tierra, al tiempo que se convierte en una pieza clave de una guerra oculta que se ha desarrollado durante siglos, invisible para el resto de la humanidad.


La película está basada en una novela que Steven Gould publicó en 1992 en los Estados Unidos.
Sin duda, para Doug Liman, cuya pasión y especial habilidad para la acción más temeraria en películas de personajes singulares ya hemos podido apreciar en dos de los thriller más exitosos y aclamados – Sr. y Sra. Smith y The Bourne Identity  (El caso Bourne) – el potencial de Jumper era irresistible.


Una idea con muchas perspectivas y pobres resultados, ese sería mi resumen del film.
Aceptables efectos especiales (algo fundamental en este tipo de películas), pero un guión, más que pobre, alocado y unas actuaciones, sobre todo de la pareja protagonista (Hayden Christensen y Rachel Bilson) que dejan bastante que desear.
La impresión general es que se han perdido en el camino a la hora de llevar esta historia a la pantalla.




martes, 16 de enero de 2018

LA CANCIÓN DE LA ESPADA

Cuarta entrega de la saga Sajones, vikingos y normandos, del británico Bernard Cornwell. En esta ocasión el autor acude a la ficción en mayor medida que en otros títulos de la serie.
La acción transcurre alrededor del personaje de Ethelfleda, la joven hija de Alfredo el Grande, rey de Wessex, entregada en matrimonio al noble Ethelredo, primo de Uhtred, el protagonista de estas historias.
Ethelfleda cae en manos de los hermanos Thurgilson (Sigefrid y Erik) y de su interesado aliado Haesten, todos ellos caudillos vikingos y Uhtred, que ha visto crecer a Ethelfleda y siente por ella un gran cariño, además de haber prometido cuidar de ella, será encargado por Alfredo de negociar su rescate.
La novela sigue estando plagada de combates marcados por el pánico y la suerte incierta y cruel. Cornwell también examina la desventaja comparativa del cristianismo en este mundo violento, una religión que a los ojos de Uhtred resulta triste, frente a la alegría de los dioses paganos de los vikingos. La iglesia británica y su aparato que rodea la corte real, con muy pocas excepciones, carecen de la nobleza e incluso de la caridad de los alborotadores daneses. Nos pinta también los desvaríos de la jerarquía eclesial que aboga por el derecho de Ethelredo a maltratar a su joven esposa para tenerla sometida, ante la aquiescencia de Alfredo.
Los sentimientos de Uhtred complican su misión de recuperar a Ethelfleda de manos de los escandinavos que se han reunido en Anglia del Este listos para invadir Wessex y reconquistar Lundene (Londres).



lunes, 15 de enero de 2018

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

Bruno (Asa Butterfield) y su hermana viven cómodamente en Berlín, ciudad que han de abandonar porque a su padre lo han ascendido. Ahora habitarán una casa situada en un lugar bastante aislado, salvo por el hecho de que cerca de ella se halla una granja en la que trabajan unos campesinos muy extraños. Eso es lo que piensa Bruno, quien desconoce que se trata de un campo de concentración en el que malviven unos judíos famélicos. El jovencito, aburrido en su nuevo hogar, se acercará hasta la alambrada que lo separa de ese sitio que tanto le llama la atención, encontrándose con un niño de su misma edad —ocho años— llamado Shmuel (Jack Scanlon) que está vestido con unas ropas que se asemejan a las de un pijama. Pronto trabará amistad con él, pero al mismo tiempo irá descubriendo que la realidad quizás no es tal y como se la cuentan los adultos, dándose cuenta, entre otras cosas, que no se le permite trabar amistad con algunas personas por el simple hecho de ser judíos, caso en el que se encuentra, entre otros, su nuevo amigo Shmuel.
Mientras tanto, el padre de Shmuel desaparece y el niño trae consigo uno de esos extraños pijamas que Bruno se pondrá para pasar al otro lado de la alambrada y ayudar a su amigo a buscar a su padre.


El guión se basa en la conocida novela del mismo título, del irlandés John Boyne, de la que se han vendido varios millones de ejemplares en todo el mundo.


Mucho se ha escrito sobre el horrible asunto del Holocausto y todo es poco para que tengamos conciencia, siquiera sea desde la comodidad de nuestras vidas, de este vergonzoso episodio de la historia reciente de la humanidad.
Entre las cosas que se le han criticado a la película desde algunos sectores, es que banaliza o suaviza, si se quiere, el asunto que trata y que con él no se puede andar con medias tintas, algo así como lo que ocurre con películas como por ejemplo La vida es bella, que mira desde un punto de vista diferente el desgarrador panorama que supuso el exterminio masivo de judíos. En fin, no deseo entrar en polémicas porque son asuntos tan delicados que hieren muchas sensibilidades y a veces tenemos sobre ellos posturas inamovibles sobre las que es difícil establecer un diálogo, pero creo que quien vea esta película como una forma ligth de hablar sobre los campos de exterminio o está cerrado en banda o no ha sabido o querido ver que el film lo que pretende es hacernos llegar un punto de vista determinado, el de un niño, que no entiende nada de lo que está ocurriendo desde su mirada limpia de prejuicios y se encuentra con mentiras, medias verdades y silencios que no le cuadran nada con lo que al final acaba viendo. Es una reflexión sobre la capacidad de generar horror que tenemos los humanos cuando abandonamos la infancia y nos adentramos en la edad de los odios y las venganzas, muchas veces escudándonos en la obediencia debida o en no querer ver lo obvio para ser cómplices de la barbarie.


Bien interpretada, el guión y el director, dejan fuera la realidad explícita, pero las miradas, esos silencios a que aludíamos, los diálogos de los niños, la cara hinchada del pequeño judío tras la paliza que no se ve en pantalla, el miedo, la resignación humillante, todo eso, sí que se palpa. Quizá haya quien quiera algo más explicito, pero a cualquier alma un poco sensible, el mensaje le llega y le deja el espíritu encogido.
Un cuento moral que prefiere dejar fuera de campo la muerte y los aspectos más desagradables, reducidos a una humareda maloliente, a una ausencia para siempre o a un grito desgarrador que se apaga con un fundido final en negro.