jueves, 4 de mayo de 2017

¡VIVAN LOS NOVIOS!

Una pareja de burgaleses llega a Sitges para contraer matrimonio.
Leonardo Pozas (José Luis López Vázquez), el novio, decide correrse una noche de juerga antes de casarse. Por ello, en cuanto puede, se desembaraza de la madre y de la futura mujer, a las que deja en en apartamento en el que se encuentran hospedados, y sale a la calle dispuesto a todo. En su aventura encuentra personajes de lo más exóticos para él: féminas “guiris” que se besan entre ellas y un hombre de raza negra transformista al que confunde verdaderamente con una mujer. Todas estas “novedades” acaban por hacerle desistir de sus patéticos intentos de conquista anquilosados en una rancia tradición española.
Al día siguiente, cuando va a ver a su madre, descubre que ha muerto ahogada en la piscina del apartamento en la dejó la noche anterior. Tratando de evitar que este suceso entorpezca la boda, su mujer y su cuñado tratan de esconder el cadáver. Leo ya no sabe dónde se encuentra y qué esta haciendo con su vida, y solo tiene ojos para todos esos bañadores que lucen chicas francesas y americanas. Con ello trata de olvidar el futuro de luto (físico y espiritual) que le espera.


Segunda de las tres películas que Berlanga había firmado con Suevia Films, la productora de Cesáreo González. Nunca llegaría a filmar la tercera.


Tras el fiasco de La Boutique, Berlanga pensaba que nada podía ir peor, pero se equivocaba.
Esta vez pudo contar con la pareja protagonista que había pensado ya para su film anterior, pero se encontró con unos cuantos problemas, además de los habituales con la censura, la productora escatimó todo lo que pudo los medios y el dinero para una película que ya de por sí estaba concebida como de presupuesto medio bajo.
El realizador siempre se mostró descontento con el resultado y consideraba que lo que había filmado era una mala película, como ejemplo la última escena, en la que había imaginado que el cortejo fúnebre se convierte en una gigantesca araña que se va desparramando por las blancas calles de Sitges, una escena que había programado para tres días de rodaje y que al final quedó reducida a uno, pero como la chica irlandesa de la que se enamora el protagonista aparece en el aire, navegando colgada de una especie de cometa y aquel día había mucho viento, cuando intentó posponerla, los productores le conminaron a que rodara como fuera y acabase de una vez. La escena se rodó de cualquier manera en una mañana y la araña gigantesca quedó reducida a una miniatura cuyas patas formaban apenas tres o cuatro personas.


Leo por ahí cosas que hacen que una sonrisa se asome a mis labios, que si es una crítica a la España del desarrollismo, que si Berlanga pone en solfa al Régimen... Explicaciones que siempre tratan de buscar un significado político a las películas del director levantino.
En realidad lo que hace Berlanga es una crítica a la sociedad española del momento, pacata y anclada en viejos prejuicios, que con su tela de araña (de ahí la importancia metafórica de la escena final que le chafaron), coarta los sueños de libertad del protagonista, pero no nos referimos a libertad política, algo que no se menciona para nada en el film, sino de forma de vida en general, como contrapunto a la manera de vivir que ve en los turistas que pueblan las costas españolas.
De cualquier manera no es una película destacable, aunque en ella se ven atisbos del cine berlanguiano, sobre todo en su segunda mitad, con escenas que tienen algo de surrealistas.
Una película hecha como a golpes y de la que el mejor recuerdo que se llevó Berlanga fueron las gamberradas que hacían algunos miembros del equipo (incluído él) con las suecas (fueran de donde fueran, así las llamaban), a las que ataban a las farolas y hacían el paripé de que rodaban escenas del film, las dejaban allí un buen rato y cuando les parecía las soltaban y ellas encantadas porque pensaban que iban a salir en la película.




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